Disclaimer: Los personajes no son míos, sino de S. Meyer. Solo
la trama es mía.
Summary: Edward
ha estado hablando sobre su chica perfecta durante todo un mes, ignorando que
Bella lo ama. Bella ya no lo soporta así que irá a contárselo le guste o no.
Lástima que llegará tarde y no tendrá otra cosa que…
N/A: Historia editada… no es por ganas de molestar, solo
eso :)
Historia beteada por Kelly Escobar (FFAD)
"Nunca es tarde para amar"
Una lágrima bajó por mi
húmeda mejilla. No sabía si estaba bien, pero mi conclusión era que nunca
quería volver a verlo…
¿Por qué no?
Porque simplemente lo
amaba. Lo amaba con cada fibra de mi cuerpo y él no había sido capaz de fijarse
en mí. Todavía…
Aunque lo último lo veía
imposible, no podía dejarlo solo. No, él era mi mejor amigo y el amor de mi
vida. Era el momento más importante de su vida y yo no estaría a su lado.
¿Por qué hacerlo cuando lo
único que pasaría sería destrozarme más el alma con solo verlo de la mano de su chica perfecta?
Sí, la chica perfecta; otra
lágrima de impotencia bajó por mi mejilla. En este momento la almohada debería
estar muy mojada, no había reparado bien en ello; sin embargo, no me importaba,
todos mis pensamientos giraban en torno a él.
Edward
Cullen
Era su culpa que estuviese
así, derramando cada maldita lágrima por sentir este estúpido sentimiento al
que el mundo llamaba de amor y yo solo veía como sacrificio y sufrimiento. No
podía evitarlo, pero tampoco podía olvidarlo.
Otra vez pensé en el amor que solo se centraba en él, en
aquello que mi alma no se había atrevido a expulsar de mí ser; no puedo dejar
de pensar en eso... Sé que puede ser estúpido llorar por amar a una persona,
pero simplemente no sabía como pararlo, no sabía como dejar de llorar.
¿Y sí le dijera que lloro
porque la persona a la que amo no se fija en mí? ¿Qué sólo me quiere como amiga
y qué está enamorado de otra?
Cada vez que lo imaginaba
con su sonrisa torcida, miles de recuerdos se agolpaban en mi mente y luego se
diluían en medio de la bruma en la que se había convertido mi mente…
Edward y yo, todos
embarrados de chocolate el día que Esme había decidido hacerle una tarta de
chocolate para su cumpleaños; el sonreía a pesar del regaño que nos habíamos
ganado. Luego venía otro recuerdo en el que Edward me abrazaba el día que
fuimos a acampar al bosque y nos tomó desprevenidos una tormenta. Y otro ya no
muy grato en el que, esta vez, era yo quien lo consolaba el día en que le dijeron
que su abuela había fallecido por cáncer.
Sin
importar los momentos desoladores por los que estábamos pasando, él siempre me
había ofrecido una sonrisa. Incluso cuando su abuela murió, él me sonrió,
aunque fuese solo para calmarme y hacerme creer que se sentía bien. Aunque
fuese solo una sonrisa rota que significaba un “Estoy bien”.
El recuerdo más feliz
había sido del día en que nos habíamos dado nuestro primer beso, no lo
queríamos compartir con nadie, solo quedaría entre nosotros.
Pero lo peor de todo era
que ese recuerdo se veía desvanecido por el último que venía…
Edward se encontraba en la
cafetería, nuevamente hablando sobre su chica perfecta, había estado hablando
sobre ella por meses, sin dar pista alguna de su nombre. Sólo hablaba de su
personalidad, de lo buena que era, y cómo sería cuando la convirtiera en su
esposa después de terminar la universidad.
Lo había dicho por meses,
pero justo ayer me había dicho que quería que fuera a un concurso de pianistas
en Seattle, donde él participaría y donde planeaba declarársele a la ''chica''.
Incluso hasta me había
pedido algunos consejos sobre cómo declarársele, sobre que tipo de flores
llevarle, o como reaccionaría ante la canción que había compuesto para ella, la
cual no había escuchado porque me había negado rotundamente a hacerlo.
Aunque habíamos practicado
la reacción que él no quería ver —sonreí amargamente—, parcia no cansarse de
hacerme sufrir.
Sus
dedos se movieron sobre las finas teclas de su viejo piano. La música que
inundaba el salón era perfecta; él la había compuesto para mi hacía mucho
tiempo y a mí me había gustado en sobremanera, pero ahora no me alegraba mucho,
pues quería escuchar la que se suponía había escrito a su amor, a su musa,
durante todos estos años que llevábamos como amigos.
Siempre
que le preguntaba sobre aquella canción, él se regodeaba y empezaba a mencionar
las cosas perfectas que veía en ella. “Ella hace esto” “Su
mirada es…” “Mi chica es aquello” “Ella tiene una sonrisa como el sol”.
“Ella” aquí y “ella” allá… me tenían
harta. Pero no podía replicar nada, eso no.
Entonces,
cuando ya iba terminando la melodía y se suponía que yo debía llorar, fingiendo
ser su chica perfecta a punto de rechazarlo, yo utilizaba aquel momento para
soltar las lágrimas que surgían del dolor que me producía toda su verborrea
sobre ella y su perfección.
—
¿Qué sucede? —me preguntaba siempre.
—Nada
—era lo único que respondí mientras las lágrimas seguían cayendo—. ¿Lo hice
bien?
Él
me miraba con ojos indescifrables y una sonrisa relampagueante que parecía
orillar entre la ternura y la burla. —Fue perfecto. Ahora, vamos a practicar
otra vez; me gustaría acostumbrarme posible hecho de que me rechace y yo pueda
reponerme para insistirle una y otra vez, hasta que acepte.
Edward era un maestro en
el piano, lo tocaba sorprendentemente bien desde que tenía tan solo cinco años.
Todavía
recordaba cuando había entrado por primera vez a su casa; en una visita de mi
madre, que era amiga de Esme desde la universidad. Nos acabábamos de mudar al
pueblo gracias al nuevo trabajo de Charlie...
Cuando había entrado a su
casa había un aura de paz rodeando todas las habitaciones y una suave música se
escuchaba a lo lejos; sonaba como si fuera un compositor famoso, pero que nunca
lo había escuchado. El piano parecía ser tocado por ángeles.
También recuerdo haberle preguntado
a Esme de dónde venía la música, ella sólo me respondió con una cálida sonrisa
y había caminado hacia unas puertas al final del pasillo. Las abrió mostrándome
al ser más perfecto que había visto en toda mi vida, fue amor a primera vista.
Era un poco alto, aparentaba
tener unos siete años, tenía una mata de cabellos de un extraño color cobrizo
rojizo que daba ganas de acariciarlo hasta que doliera de tanto hacerlo. Se
veía muy concentrado, estaba tranquilamente sentado sobre un banquillo blanco
de cojín escarlata. Parecía estar posando, pero sabía que se sentía relajado y
cómodo; miraba fijamente sus dedos que se movían tan rápida y elegantemente que
parecían estar bailando sobre las blancas teclas de marfil.
No me había dado cuenta de
en que momento se había ido Esme, pero podía decir que mi cuerpo había actuado
por voluntad propia y caminado como una zombi y me había sentado justo a su
lado.
Detuvo su pequeño
concierto y movió la cabeza lentamente, al tiempo que veía como sus cabellos
cobrizos se movían como si tuviesen vida propia. Me miró directamente y casi se
me fue la respiración al ver unos profundos ojos esmeraldas que me miraban como
si fuese la cosa más sorprendente del mundo y nunca me hubiese visto, algo que
era completamente acertado.
— ¿Eres un ángel? —me dijo
con una voz que sonaba como si estuviese cantando.
—No, no lo soy, ¿y tú? —le
dije inocentemente, tal vez eso se tomaba en cuenta considerando que yo tenía
apenas cuatro años…
—No, pero tú lo pareces… —mencionó
en un susurro las palabras, mientras sus mejillas se teñían de un suave carmín.
Un silencio, para nada
incómodo, inundó la habitación. No sabía qué hacer, sólo veía como aquel niño
miraba fijamente las teclas de su piano mientras, en algunos momentos, podía
sentir sus miradas de reojo; seguramente esperando que de un momento a otro yo fuese
a desaparecer…
—Me llamo Bella, tengo
cuatro años, tu eres… —le dije con una sonrisa en el rostro y extendiéndole una
mano.
—E-Edward, t-tengo cinco
años —me dijo más sonrojado, pero aceptando mi mano, que me hizo sentir un
calorcito en la mía cuando toqué la suya. La solté rápidamente: eso había sido
extraño… Ambos nos sonrojamos, al parecer habíamos pensado lo mismo.
«Y yo que pensaba que el farolito
era yo…», pensé para mis adentros.
—Me gusta tu música; no la
había escuchado nunca, es… hermosa —le susurré mientras tocaba ligeramente las
teclas del gran piano y me sonrojaba un poco más. Me sentía avergonzada de y no saber mucho de música, pero tenía la
intención de relajarlo un poco.
—La compuse yo, para mi
mamá —me miró regalándome una gran sonrisa.
— ¿Enserio? ¿Cuándo
aprendiste a…? —mi voz se fue apagando mientras veía como aparecía en su mirada
una gran tristeza.
—Sí, es enserio. M-mi abuelita
me enseñó hace un tiempo —dijo con una mueca mal disimulada al mencionar a su
abuela.
—La echas de menos,
¿verdad? —le dije casi con mi corazón encogido en la mano.
—Sí, más de lo que te
imaginas… se fue a Chicago hace unas semanas —dijo mirando perdidamente hacia
la ventana mientras una solitaria lágrima bajaba por su mejilla, como si estuviese
evocando algún recuerdo—. Le tengo mucho aprecio, ella me enseñó a tocar el
piano con la idea de que, en algún futuro, le compusiera algo a mi novia.
Siempre dice “No hay mejor manera de conquistar a una chica que dedicándole una
pieza”. Mi abuelo… él era pianista. Mi abuela dice que la conquistó tocando una
melodía, que de vez en cuando tararea para que yo me la aprenda —dijo
lanzándome una mirada que podría haber derretido un iceberg—. Quizás algún día
puedas venir para que puedas escucharla…
No le respondí nada y él retomó
su pequeña nana. Me quedé mirando cómo se movían sus dedos, totalmente embobada.
Una sonrisa se instaló en
mi rostro ante el recuerdo de lo que vino después. Todavía podía escuchar como
Esme y mi madre se reían y hablaban entre cuchicheos mientras nosotros nos dábamos
el abrazo de despedida y Edward hablaba con mi madre, diciéndole: —Señora Reneé,
¿podría traer a Bells mañana?
Mi madre aceptó la
invitación.
No habría olvidado eso
nunca. Había escuchado que, cuando conoces al amor de tu vida, nunca se olvida,
algo que realmente creo porque soy la prueba viviente de ello.
Edward me había contado
desde ese día que quería ser un músico famoso. Yo apoyaba sus sueños, pero no
compartía la idea porque yo quería ser pediatra.
Cuando él me había contado
sobre el famoso concurso no había parado de sonreír pensando en que su sueño
podría hacerse en realidad. Compartí su felicidad hasta que fue desterrada de un solo tajo,
cuando supe abruptamente se le iba a declarar a su chica perfecta, su chica de
ensueño…
No le había dicho que no,
no me había negado, pero eso tampoco quería decir que había aceptado.
En lugar de ir, me había
quedado en mi cama, llorando como una niñita mimada después de negársele un
capricho; Raneé y Charlie habían salido hacia el auditorio junto con los padres
de Edward.
Seguramente, en estos momentos,
Edward ya se le habría declarado a su chica
perfecta, y quizás —con mucha suerte— habría ganado el concurso.
—Y pensar que podría haber
hecho algo antes de perderlo para siempre… —dije por lo bajo.
« ¿Si tanto te lamentas y te
arrepientes, entonces que haces aquí en lugar de ir y decirle que lo amas?». Fue
como si algo hiciese 'click' en mi cabeza. No lo había pensado del todo bien,
pero eso era suficiente como para armarme de valor y hacer que me levantara de
la cama antes de ir a poner el auto en marcha.
Había luchado contra el
auto, que no quería encender porque el motor estaba frío, hasta que finalmente había encendido. Unos minutos después ya
estaba tomando la carretera que iba casi directo a Seattle.
Miré el pequeño papelito
donde Edward me había apuntado la dirección del auditorio y luego el espejo
retrovisor, como si estuviese esperando que el volvo plateado de Edward
apareciera detrás de mí.
Pero jamás sucedió.
Me limité a ver mi reflejo
en el espejo; mis ojos se veían rojos de tanto llorar, me veía más desgastada,
pero no importaba; Edward sabría comprender, bueno eso esperaba.
«Al menos no voy en pijama…» me dije internamente,
intentando subirme fallidamente los ánimos y sonriendo tristemente.
Hoy, desde que Edward me
había recordado su concurso en el auditorio, había llegado a casa y me había
tirado a llorar sin siquiera fijarme en la sudadera, los tenis desgastados o el
pantalón de mezclilla que habían sido mojados por la lluvia de la tarde.
Dejé mi vista perderse
nuevamente, esta vez en las luces un poco cercanas de Seattle, solo esperando
no llegar tarde, algo que dudaba porque siempre llegaba tarde.
Aceleré ante la idea de
que, por única vez en la vida, llegar tarde fuera algo irreparable; lo más
seguro era que llegara tarde, pero… y si llegaba y ellos apenas estaban
saliendo…
Tendría una posibilidad de
decirle cuanto lo amaba.
No tardé mucho en llegar,
debía darle las gracias a Charlie por haberme convencido de deshacerme de la
chatarra que tenía por camioneta.
Pero mi alegría por llegar
al auditorio se fue al ver que el estacionamiento estaba completamente vacío.
¡Había llegado tarde!
Miré nuevamente el pequeño
papel arrugado, esperando que me hubiese equivocado de dirección y que este no
fuese el lugar correcto. Nada salía como quería: había llegado tarde y el lugar
era el indicado.
Me bajé del auto, cerré la
puerta sin muchas ganas y miré mi reloj, esperando equivocarme de hora, que
hubiese llegado más temprano y que el evento no hubiese iniciado todavía. Pero
el reloj no mentía, eran las 8:26 de la noche y el evento tenía como hora de
culminación las 8:00.
No me importó llegar
tarde, tampoco me importaba no saber que se habían hecho todos cuando debieron
haber llegado hacía veintiséis minutos a casa. Caminé con pasos cortos y
rápidos hacia el establecimiento.
La figura imponente se
levantaba frente a mí, ofreciéndole un aire sombrío que me hizo sentir un poco
de miedo. No sabía qué era lo que planeaba hacer, pero algo me decía que
pasaría algo importante allá dentro.
De milagro no había
guardia de seguridad, entré rápidamente a la sala principal, la cual revisé con
la mirada hasta no encontrar nada y pasé por todos los pasillos y por los
camerinos hasta llegar a la parte de los telones.
Miré fijamente un telón,
como si esta vez fuese yo quien tuviese que salir al escenario.
Lentamente caminé y me
asomé silenciosamente entre las grandes cortinas rojas y vi la prueba de que
todo había terminado; un montón de confeti regado por el suelo del escenario y
otro montón de butacas vacías y entre penumbras era lo único a la vista. No
había nada más llamativo que el color escarlata del telón y eso ya era decir
mucho, pues no parecía haber nada animado
en el establecimiento.
Caminé con pasos
tranquilos hacia la plataforma de escenarios, donde un reflector todavía
iluminaba un punto en específico, como si el espectáculo todavía no hubiese
terminado. Cerca de mi había un gran piano de cola negra muy parecido al de
Edward.
Me quedé mirando fijamente
los montones de pedazos de papeles de diferentes colores…
Todo había terminado. Había
llegado tarde y seguramente había perdido al amor de mi vida sin siquiera
decirle lo mucho que lo amaba. Él no había llegado a saber mi secreto y nunca
lo llegaría a conocer porque lo más seguro era que su chica perfecta había aceptado ser su novia para más
tarde casarse con él. Sólo terminaría siendo su amiga, él no me tomaría por más
que eso, era para lo único que valdría porque no estaba a su altura.
¡Jamás estaría a su nivel!
Sentí como una lágrima se
deslizaba por mi nariz hasta caer de lleno en mi zapato. Después de esa le
siguieron muchas más…
¡Qué tonta debí haber sido
cuando tuve la esperanza de que alguna vez en mi maldita vida fuera feliz junto
a Edward! Quizás cuando este se diera cuenta de que podía amarme podríamos ser
felices, ¿no?
Claro, no podía obligarlo
a que me amara, no podía obligarlo a que estuviese junto a mí, a alguien que
era escuálida, una flacucha fea y nada llamativa. Él se merecía una chica
hermosa, tierna, elegante, sociable…
Todo menos yo. ¡Por Dios!
¿Qué estaba pensando cuando imaginé que sería buena para él? seguramente lo
único que podría lograr era un cariño de hermanos.
Mis mejillas se habían puesto
calientes de tanto llorar; ahora no lloraba en silencio, sino que sollozaba
audiblemente.
Sentía el corazón partido
por la mitad, como si lo hubiesen partido tajo por tajo o, lo más posible, como
si tuviese montones de pequeñas y agudas agujas incrustadas hasta el fondo.
«
¡Oh, Santa Mierda, soy dramáticamente patética y estúpida cuando me siento mal!»,
pensé.
—Si el amor no se
confiesa, te parte el corazón —me dijo una pequeña voz en
mi cabeza… No me estaba volviendo loca,
quizás lo había escuchado en alguna película y ahora se me venía a la mente;
eso era lo más probable.
¿Pero a quién se lo
contaría si estaba sola? Solo eso me quedaba.
Eso, la soledad era lo
único. Estaba sola aquí, ¿no?
Lentamente levanté la
cabeza, haciendo que las lágrimas que había tratado de contener después de todo
lo que ya había llorado, cayeran libremente por mi rostro. Robé un poco del
valor que me quedaba y me puse derecha. Escuché un pequeño sonido a lo lejos, algo
parecido a un jadeo, pero sabía que estaba sola, no podía ser nadie, estaba
segura que estaba sola…
Miré directamente a las
largas hileras de asientos vacíos que tenía en frente, carraspeé buscando
remover el nudo que sentía en mi garganta y empecé a hablar…
—Sé que esto sonará
patético, tal vez ni te lo esperes o, por el contrario, ya lo hayas
descubierto… Edward, te amo, desde el primer momento en que te vi, nunca te he
podido sacar de mi mente, te amo con cada fibra de mi ser y no soportaría
perderte… —le dije casi sin respiración, mi voz hacía eco en el auditorio y se
escuchaba por cada rincón… si solo me estuviera escuchando—. Si soy yo quien
estorbo en tu relación, me apartaré de tu camino, no seré la piedra con la que
te tropezarás dos veces. No olvides que te amo, jamás. Si realmente la amas,
créeme que no me interpondré, te apoyaré en todo momento, incluso cuando tengas
la idea de pedirle matrimonio.
El silencio perduró
durante unos minutos antes de que decidiese seguir con mi pequeño discurso o,
más bien, acto risible.
—Tengo
la esperanza de que no te sientas culpable por el dolor que sentiré después de
todo esto. Hace unos día llegaron varias cartas de aceptación de las universidades
a las que apliqué, muy lejos de aquí; me iré a Londres y regresaré dentro de
unos cuantos años… —mencioné, sabía que no me estaba escuchando, pero tenía que
dejarlo salir, no podía soportar irme sin que lo supiera. Aunque sabía que en
realidad nadie me escuchaba, quería grabarme la pequeña mentira de que él
terminaría sabiéndolo. Nadie en particular sabía que me iría a Londres dentro
unos meses—. Por favor no olvides que te amo, Edward… Solo no lo olvides…
Agaché la mirada mientras
las lágrimas nublaban mi vista y yo daba la vuelta lentamente para irme directo
a casa.
Mi salida se vio
interrumpida cuando el sonido más hermoso que había escuchado en mi vida se escuchó
a mis espaldas.
Mi corazón se fue
acelerando a tal punto que pensé que tendría un colapso nervioso. Me volteé
lentamente y me encontré con lo que menos me esperaba y más anhelaba.
Edward estaba sentado
junto al piano, tocando la canción más hermosa que había escuchado, seguramente
la que le había compuesto a su novia.
¿Cómo lo sabía?
Tenía plasmada en sus
labios la más irresistible de las sonrisas, lo más natural sería que estaba pensando en ella. Aquella faceta del
Edward enamorado me encantaba.
Me fui acercando como si
estuviese hipnotizada y me senté junto a Edward. Observé como tocaba
rápidamente las teclas hasta hacerme perder la conciencia. No me di cuenta de
cuando había terminado, sólo vi unos hermosos ojos esmeraldas dirigirse hacia
mí, acompañado con la más perfecta de las sonrisas torcidas que le había visto
dibujar en sus labios, mi favorita.
—La canción de mi chica
perfecta ganó el primer lugar, pero mi chica
perfecta no vino al concierto —dijo haciéndome un puchero que me hubiese
resultado cómico si estuviésemos en otra situación—. Me dejó plantado.
—Pero pronto la verás ¿no?
—le respondí ya con el corazón encogido. Por más que una parte dentro mí
gritaba de alegría porque lo hubiesen dejado plantado, otra se sentía afligida:
lo que menos quería era que estuviese triste. Su alegría era mía también, jamás
gozaría sus desgracias.
—No, no la volveré a ver
porque ya la estoy viendo. La tengo justo en frente.
—P-pero ella… —le dije más
confundida que nunca. Mi cerebro parecía estar omitiendo la información que él
había dado anteriormente.
—Silencio, Bella —me
colocó un dedo en los labios y prosiguió hablando—. Tú eres mi chica perfecta;
lo has sido desde aquel día en que te sentaste a mi lado mientras tocaba el
piano, cuando tenía cinco años. Te amo, Bella, te amo desde ese entonces.
¿Sabías que después de que te fuiste aquel día le conté a mi mamá sobre toda
nuestra conversación y sobre cómo te veía? ¿Sabes que me respondió? —me limité
a negar con la cabeza, que hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba
entre las manos de Edward—. Me dijo que estaba enamorado de ti.
Pude ver como la tonta
sonrisa de enamorado que había imaginado en él aparecía como por arte de magia.
Le sonreí de vuelta.
—Desde el principio,
Bella. Eres mi ángel, mi chica perfecta, mi luz, mi camino, mi… vida. Compuse
esta canción desde ese momento, como me había dicho mi abuela: la primera
canción para el amor de mi vida, mi primera novia… ¿Sabías también que fue por
ese recuerdo que te hablé sobre por qué aprendí a tocar piano desde pequeño?; llevo
años arreglándola para ti.
Su mirada se perdió en
algo que estaba detrás de mí, parecía estar pensando en algo. No quise
interrumpirlo. Su mirada se volvió a fijar en mí—. Debería ser tan perfecta
como lo eres tú, pero me temo que eso es imposible. Eres de un valor
incalculable y por eso te amo, amo tu risa y tus ojos; tus mejillas sonrojadas,
la forma en la que pareces enganchar tus labios entre tus dientes y lo sexy que
me parece; amo cuando estas nerviosa, como se frunce tu ceño cuando te enojas y
amo cuando te tropiezas. Amo lo terca que eres… lo cariñosa, tierna y solidaria. Amo tu forma
de ser, Bella. Amo todo de ti, hasta tus pecas —dijo sonriendo mientras me
tocaba las mejillas—. No sabes el júbilo que sentí cuando nos besamos por
primera vez o lo que acabo de sentir al escuchar que ese amor es correspondido.
No sabía que me amabas, temía perderte por esto —nos señaló a ambos—. Temo
perderte, Bella, no quiero que te vayas de mi lado… si te vas a Londres me iré
contigo, no lo dudes, soy capaz de hacer cualquier cosa por ti… Ahora tú eres mi vida.
Yo todavía seguía
impactada con toda esa información, no me lo podía creer. Esto era un sueño
hecho realidad. Miré a varios lados, esperando encontrar a alguien para pedirle
que me pellizcara o algo parecido. Quizás el corto momento de depresión que
había tenido tiempo atrás me estaba jugando una mala pasada…
No
dije nada y él tampoco, aunque parecía estar esperando. Alguien dentro de mi
mente me gritaba que debía esperar a ver si decía algo, pero no quise
resistirme y me le lancé encima.
Estampé
suavemente mis labios contra los suyos, uniéndolos casi con desesperación.
Algunos segundos pasaron y yo parecía olvidar todo a mí alrededor, como si ya
nada existiera y él fuese lo más importante para mí, que no estaba nada lejos
de la realidad. Separamos nuestros labios en busca de respiración, pero no pasó
mucho para que volviesen a unir como si se conocieran de siempre. Era un beso
que nunca olvidaría.
El beso terminó; separamos
nuestros labios un poco hinchados, en medio de nuestras respiraciones casi
entrecortadas, y nos miramos fijamente a los ojos por unos momentos. —Te amé,
te amo, y te amaré por siempre, Edward —terminé mientras unía nuevamente
nuestros labios.
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Bueno, aquí les dejo la
historia totalmente revisada. No la había leído desde hace mucho, pero —como
sabrán— estoy revisándolas y enviándoles a betear después de una previa
revisión y retoque por parte mía.
Decidí agregar nuevos detallitos y quitar un par de cosillas que no veía muy favorables, pero no fue nada, así que no hay bronca.
Decidí agregar nuevos detallitos y quitar un par de cosillas que no veía muy favorables, pero no fue nada, así que no hay bronca.
Para las que le gustó esta
historia y quieren algo parecido —como que
los tórtolos se conozcan desde peques…—, les invito a leer “El
Peluche de Bella”, otro one shot que escribí antes o después de este
(ya no recuerdo bien, pero si quieren comprobar, miren fechas de publicación jejeje).
Sé que de seguro les gustará.
Solo espero que les haya
gustado esta historia. Gracias por sus comentarios, me anima bastante el saber
que opinan de mis historias. Besos.
Nachi
Comenten
si desean, no me molesto ;)




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