Cinco
años atrás…
— ¡Vamos, esto no puede estarme pasando, no
ahora! ¡Estoy cien por ciento segura de que tomé las píldoras, Alice! —tiré de
mis cabellos con desesperación mientras miraba detenidamente la segunda prueba
de embarazo que me hacía en el día.
—No es para tanto, Bella. Seguramente mi
hermano cambia de opinión y hasta terminan reconciliándose…
— ¿En serio? ¿Estás segura de eso?
—No tendría por qué dudarlo, conozco a mi
hermano y sé qué querrá a la bebé tanto
o más que a su vida.
—No estés tan segura de que sea niña —le
dirigí una mirada de reproche, ella ya se estaba haciendo a la idea de lo que
sería tener una sobrina revoloteando por su casa. Y no quería ni pensar siquiera en las mudas de
ropa que le compraría—. ¿Sabes? Prefiero que sea un niño idéntico a él —susurré
contra su cabello mientras una sonrisa adornaba mi rostro y los cortos brazos
de mi amiga me estrechaban contra ella.
— ¡Anda, no seas egoísta! No rompas los
sueños de tu amiga. Tú y yo sabemos que el destino decide lo que va a ser la
criatura y, aunque no haya nacido… ¡Déjame soñar, carajo! —Su voz de nenita
enfurruñada llegó a mis oídos seguida de una risa de duende—. Tienes que
decírselo, vas a ver que se pondrá eufórico por la noticia —chilló contenta aun
contra mi oído. Tuve que apartarme un poco.
Mis ojos rodaron alrededor de la habitación
de la pequeña de los Cullen. Esta era una de las muchas veces que entraba aquí,
pero no por ello igual. Esta vez quería despejar mis dudas sobre un sospechoso
embarazo. Y no es que me preocupara mucho, Edward y yo llevábamos cinco años de
noviazgo, vivíamos en Chicago, íbamos a la universidad y nos dividíamos las
tareas dentro de nuestro pequeño apartamento como cualquier otra pareja. El
problema era que, ahora que sabía que mis cavilaciones eran ciertas y que
estaba embarazada, mi mente no podía dejar de pensar en las posibilidades que
había en que él me dejase sola, aunque fuesen pocas.
Nuestra relación había ido viento en popa
desde aquel día en que se me declaró y descubrí que él era el escritor que yo
tanto leía, aquel que me hacía desvelar todas las noches posibles con tal de
leer uno de sus capítulos tan cargados de... no sé; él era simplemente fantástico
y cuando leía sus capítulos era como si entrara en una cálida nebulosa, todo
estaba lleno de magia, aunque no era lo mismo que verlo escribir, eso era
totalmente diferente. De hecho, me había convertido en su beta personal, y,
aunque al principio se me había hecho algo complicado porque él, estando más
contento por nuestra relación, escribía como loco, logré adaptarme a él y a sus
continuos capítulos. Claro, él que no había cambiado lo de las notas de autor y
demás a petición mía; quería seguir creyendo que no sabía quién era el
misterioso escritor y que mi novio no era más que el hermano de mi mejor amiga,
aquel que conocía casi desde niña.
Sus escritos eran muy pulcros, así que no
tenía que revisar mucho. Hubo veces en las que pensé que los dejaba así para
que a mí no me costase, pero siempre terminé descartándolas porque él, además
de repetírmelo hasta el cansancio, me hacía ver que con solo una sentada y unas
cuantas horas de su importantísimo tiempo tenía suficiente para escribir una
nueva historia o un simple capítulo. Todo se veía tan fácil desde mi punto de
vista que, cuando me sentaba a su lado y veía como sus dedos parecían bailar
por el teclado del computador como por los del piano y veía o escuchaba como
brotaban aquellos sentimientos encontrados, mi mente se bloqueaba y perdía el
hilo de lo que hacía por convertirme en la incondicional novia que ni siquiera
sabía lo que hacía la persona sentada a su lado, mi mirada se quedaba trabada
en su garganta, en sus largos dedos, en sus muecas o en sus ojos verdes que estaban fijos en la
pantalla.
Entonces él se desconcentraba, decía que era
mi culpa el tenerlo tan distraído y se lanzaba sobre mí en un fogoso beso, de
aquellos que no terminaban más que en entregas descontroladas y con cuerpos
sudorosos.
Al final siempre terminaba dándole algunas
ideas, no muy buenas a veces ya que terminábamos riendo, pero al fin y al cabo
ideas. Era realmente estupendo ser su beta, no por tener acceso a las historias
que aun no habían salido o a los capítulos sin publicar, bueno, sí, pero a la
vez no; lo mejor de ser su beta era el pasar más tiempo junto a él. El saber
que tu novio comparte su hobby favorito contigo era el más grato de todos sus
regalos juntos; estar con él era mi única prioridad, claro, eso si ponemos la
universidad a un lado...
— ¿En donde mierda estas, Bella? No me digas
que aun sigues en Edwardlandia porque juro que… —el grito de una rojiza Alice
perforó en mis tímpanos.
— ¿Qué? Yo no he hecho nada, Alice, solo
estaba pensando en mi bebé —maldije mis mejillas cuando sentí mi sonrojo
inundarlas.
—Sí, y mi mejor amiga es Pamela Anderson.
Bella, yo no me chupo el dedo porque no nací ayer, sé que esa sonrisa boba y
esas babas de enamorada solo aparecen cuando estas pensando en mi hermano —
¡Dios, a esta loca no se le engañaba ni guiñándole ojo! —. Al menos dedícame
unos segundos —hizo un puchero y pude sentir mi alma pendiendo de un hilo y
diciendo “bye, bye” a mi conciencia.
—Ok, pero volviendo al tema… ¿de verdad
crees que no se enojará? Apenas estamos en la universidad, a nosotros no nos
alcanza para mucho y…
—Bella, por algo existe la familia, el
dinero no importa. ¡Solo ve y díselo, joder! —ahora su pie golpeaba
insistentemente el suelo, no era una buena señal que digamos.
—Vale, vale. Lo haré, pero si no funciona… —no
terminé porque vi su ceño fruncirse más de lo que cabe. Mi respiración se
estabilizó un poco mientras mis manos soltaban las hebras de cabello que habían
tomado presas sin darme cuenta.
Recuerdo que el momento en el que crucé el
umbral de aquellas puertas fue el que marcó mi vida. Me había encontrado con lo
que no esperaba y la realidad que había visualizado no había sido la correcta.
Unas cuantas horas después, los llantos
llenaban la habitación de una Alice que hacía malabares entre apretar puños,
buscar a su madre y consolarme. Simplemente
no era lo que esperaba de él.
Actualidad…
Una mueca se formó
en mi rostro cuando el recuerdo asaltó mi mente. El tono de la llamada colgada
aún perforaba mis oídos, lo mismo pasaba con los pequeños tirones en mi vestido.
Abrí los ojos nuevamente e hice como que una brusca seguía en ellos, pues las lágrimas
no paraban de caer y no se me ocurría nada mejor que inventar.
“Solo por un beso, Bella. Solo por un beso…” La frase siguió en mi mente unos segundos
mientras sacudía la cabeza para despejarla y poder concentrarme en lo que
realmente era importante ahora.
— ¿En serio es
ella, Félix? ¿Estás seguro de que Alec te dio los datos correctos? Porque si no
es así juro que haré que Jane… —no terminé la frase y mis dientes empezaron a
crujir por si solos mientras mi mente fraguaba montones de cosillas que
planeaba hacerle a los hermanos Vulturi.
—Hemos rastreado a la familia, Bella.
Esta vez sí hablamos en serio, la hemos encontrado. ¡Hemos encontrado a tu
nena! —su voz, aunque era gruesa, estaba teñida de cierta alegría o algo
semejante. Si su voz se escuchaba así al otro lado de la línea quería decir que
era verdad, ¿cierto? Ellos habían estado junto a mí en aquella época, no se
atreverían a mentir… —. Pero me temo que tendrás que volver a Estados Unidos,
Bella. Ahora.
Tiré el teléfono sin darme cuenta. Las
lágrimas cayeron una tras otra por mis mejillas y los sollozos amortiguados por
mis manos enguantadas no se hicieron esperar, Félix no tenía la idea exacta del
porqué yo no quería regresar a Chicago después de mucho tiempo, solo le había
contado ciertos detalles, pero de ahí no más.
Regresar a los Estados Unidos, a Chicago, representaba el mayor de los
retos para mí, no quería encontrarme con el famoso Edward Cullen en una de sus
calles, me heriría mucho y, además, esa había sido una de las razones por las
que había decidido poner tierra y mar de por medio.
No me importó para nada el dejar atrás
a la señora Gilbert, aquella ancianita protestona que siempre intentaba
seguirme y que no hacía más que quejarse del clima, el tiempo y de los achaques
de la vejez; solo me hice a un lado y
caminé nerviosamente hacia el hombre alto y rubio, de complexión fuerte y
sonrisa franca, que sostenía a una niña sobre sus hombros, esta miraba a todos
lados y soltaba de vez en cuando risillas contagiosas.
Una brisa fría revolvió sus cabellos,
era doce de septiembre y aun era verano en Londres, pero hacía falta poco para
el otoño, que ya se quería hacer notar. Me quedé mirado al hombre que quería
como a un hermano a pesar de que no nos unía sangre alguna, como era el caso de
los Vulturi. Esquivé una que otra pareja
antes de alcanzarlos, las risas se escuchaban más fuerte, la de él estruendosa
y la de Vanessa aguda, algo que contrastaba armoniosamente.
Demetri dejó de reírse de manera
abrupta, pero ella siguió riendo hasta que se dio cuenta de que había
regresado.
— ¡Mami!, yo y Demeti acabamos de subí a la Sepenntine, íbamo en un
baco gande, gande, tu vieaa… —la vi hacer gestos con las manitas, seguramente
haciendo alusión a la barca que utilizaron minutos atrás para subir a la
Serpentine del sitio en donde estábamos, en Hyde Park. Hizo más gestos con sus
manitas hasta que pareció acordarse de algo—. Demeti —bajó la mirada
inocentemente, la muy pilla sabía como tenerlo a sus pies—, ¿tu tene la cámala
pa’ mostlá foto a mami?
Vi a Demetri sonreír y guiñarme el ojo
antes de volver su atención hacia mi bebé, sabía que lo siguiente haría que
posiblemente llorara, pero… —No, loquilla, mi cámara se la robaron los chicos
del Speaker’s
Corner, ¿no lo recuerdas?
— ¿Te lobalon la cámala? —abrió
los ojos sorprendida antes de hacer un puchero ¡Oh, oh…! —, ¡Oh… ahola mami no
pode ve la foto! ¡Mami no pode ve la foto, Demeti! —mi nena empezó a llorar y
rápidamente la aparté de los bazos de Demetri, quien buscaba los seis bolsillos
que tenía sus pantalones, ¿para qué tantos bolsillos si al final no guardaba
nada?
—Mas te vale disculparte con Vanessa,
Demetri —siseé su nombre cuando vi que terminaba de rebuscar en su ropa,
Vanessa lo miraba absorta, pero él no respondía, se veía algo pálido.
—Lo siento, Vane, solo fue una broma —se
tocó el cuello, nervioso por la posible reacción de Vanessa, que a veces se
enojaba de tal manera que no hablaba durante horas—. Aquí está la cámara, para
que le muestres las fotos a tu mami —le tendió la cámara, ella la aceptó con
una sonrisa pintada en los labios. Eso era buena señal.
— ¿Cómo se dice ahora, Vane? —ella
estuvo calladita unos segundos, volteando la cámara entre sus manitas,
seguramente buscando el botón de encendido, hasta que respondió con un “Gracias” suavecito.
Demetri asintió y empezó a dirigirse
hacia el lago, esperando que lo siguiésemos. — ¿Hacia dónde crees que vas,
Demetri?
— ¿Hacia el lago? —su respuesta sonó
mas como pregunta. Me observó algo confundido durante unos minutos—. ¿Sucede
algo?
—No, solo que aquí… la pequeña y yo
necesitamos tomar un vuelo hacia Estados Unidos en menos de dos horas y aún no
hemos hecho las maletas —le respondí, como si fuese la cosa más obvia del
mundo. El abrió los ojos de una manera algo graciosa.
—Te… ¿se van?
—Sí, según Félix, hemos dado con la
familia… —el entendió rápidamente y me respondió con un asentimiento antes de
darse la vuelta y entregarme a Vanessa.
Alrededor de quince minutos después,
me encontraba en un vuelo sin escalas, directo hacia Chicago; Demetri había ayudado mucho para conseguirlo, pues
los que estaban al alcance, de momento, iban a Nueva York o a otros estados.
Vane observaba atentamente las nubes
desde su ventana, estaba de rodillas sobre el
sillón, con las manitas apoyadas en la pequeña ventana. Se mordía los labios de
vez en cuando, haciendo que una pequeña “v”
se formara entre sus cejas.
El avión arribó a eso de las cinco de
la tarde, el cambio de horario había ido a nuestro favor, pero el clima no
tanto, había oscurecido y parecía que iba a llover un poco. Las calles habían
bajado un poco la intensidad del tráfico, pero no del todo, y el taxi —que fue
algo dificultoso para escoger si tomásemos en cuenta que había llegado con una
durmiente Vanesa en brazos y un buen par de maletones— se desplazó desde el
aeropuerto hasta South Shore casi sin ningún problema.
Félix había llamado anteriormente,
quería saber si habíamos llegado completas, aunque a mí me pareció que solo lo
hacía por mero deber suyo. En cambio, Jacob, un viejo amigo de la universidad,
también había llamado, esta vez por simple casualidad.
—Estaba pensando en invitarte a cenar
un día de estos, tengo un viaje pendiente hacia Londres, no es para tanto,
pero…
—Jacob, estoy en Chicago… de hecho acabo de llegar —murmuré lo
último, estaba haciendo un esfuerzo casi extraordinario para bajar las maletas
y a Vanessa, que aun seguía dormida.
—¿En serio? Vaya, pensé que te
quedarías en Londres de por vida —se rió por unos segundos—. ¿En dónde te estás
quedando? Si no tienes donde quedarte puedes contar conmigo, en mi apartamento…
—No es necesario, Jacob, ya tengo
donde quedarme. En estos momentos estoy en South
Shore, bajando del taxi —tuve que sostener el celular entre mi hombro y mi
cabeza para poder seguir hablando, estaba usando un brazo para pagarle al
taxista y el otro para sostener a Vanessa; las maletas reposaban en el suelo—. Gracias, señor —eso fue dirigido al
taxista. Podía escuchar a Jacob refunfuñando al otro lado de la línea, así que
retomé la conversación —. Jake, no necesito tu ayuda, sé que puedo
arreglármelas solas —alcé un poco la voz, intentando que entendiese que no
podía quedarme a vivir en su apartamento; eso empeoro las cosas: Vanessa empezó
a despertarse y él a hablar entre dientes—. Lo
siento bebé, pero ya hemos llegado —le
dije para calmarla.
El silencio se escuchó al otro lado,
pero no presté mucha atención porque Vanessa quería que la bajara.
—Guau... ¿vamo a viví aquí, mami? —susurró
emocionada, pero aun adormilada. Su boquita hizo una pequeña “o” al bostezar.
—Eso espero, mi peque, eso espero… —las
palabras salieron alentadoras de mis labios, casi por cuenta propia. Ella
empezó a removerse más fuerte y me vi obligada a bajarla, no sin antes
advertirle que se quedara quieta. Aproveché para tomar las maletas y ver el
celular, en donde me di cuenta de que Jacob había colgado la llamada.
Los minutos transcurrieron lentamente,
tan lento que parecían ir acorde a la velocidad del ascensor en el que habíamos
entrado; Vanessa jugaba con los botones y yo solo pensaba en el piso que nos
correspondería y en cómo iba a pagar la renta mientras nos quedásemos allí,
todo se veía demasiado sofisticado y nuevo, aun cuando años atrás había vivido
en ese mismo lugar.
South Shore quedaba cerca del lago de
Michigan y a la zona centro de la ciudad, Edward y yo habíamos escogido aquel
lugar por puro gusto, las pequeñas casas no eran lo nuestro, pero eso no evitó
que escogiésemos uno de aquellos apartamentos con vista al lago y a hermosas
puestas de sol. Durante el invierno solíamos acurrucarnos en un sofá junto a la
ventana y ver el crepúsculo, trabajar en algún que otro capítulo o simplemente
meditar y darnos algún que otro; el verano era casi todo lo contrario, salíamos
al lago y dábamos paseos en una vieja barca de alquiler o nos decidíamos por ir
a Rainbow Beach, una playa que
quedaba bastante cerca también.
Hice una nota mental sobre llevar a
Vanessa a aquella playa, a ella le encantaría y a mí, aunque me hiciese sacar a
flote ciertos recuerdos, me caería bien algo de sol, en Londres no lo veíamos
mucho y por eso estábamos tan pálidas como la nata de leche. Solo que no en
estos momentos, el invierno estaba por empezar y en las calles rondaba un frío
de mil demonios.
Mi teléfono sonó en tono de mensaje y
me acerqué para ver que era, no me sorprendió encontrar un mensaje de Demetri: “Félix me dijo que habían llegado bien, así
que no fastidiaré más con eso. Solo cuídense, ¿vale?”. Me tiré en uno de
los sofás del salón y cerré los ojos mientras tiraba uno de mis brazos sobre mi
cara, hacía poco que Vanessa y yo habíamos terminado de desempacar y estábamos
algo exhaustas, bueno, solo yo, ella estaba dando vueltas en el apartamento,
revisando cada esquina.
Desde que había decidido dejar a
Edward y al resto de los Cullen atrás todo había ido como había planeado,
obviamente no conté con la ayuda de quienes creí mis padres, pero encontré
personas que sí estuvieron a tiempo para darme una mano antes de caer. Gracias
a ellas me encontraba en esta majestuosa ciudad, aunque fuese por segunda vez.
Siempre había querido visitar Londres,
pero no había tenido oportunidad, mis padres no eran lo que se podía denominar
ricos, eran de la clase media y vivíamos algo ajustados en una pequeña casita. Pero
por desgracia todo lo deje atrás, a ellos,
a los Cullen, mis amigos, y mis pasatiempos...
Bueno, mis pasatiempos no, solo les di
un cambio en el horario. Cuando salí de Forks supe de inmediato que las cosas
no volverían a ser como antes, ya no habrían mas fiestas locas con Alice y los demás
Cullen, paseos a La Push o incontables noches en vela compartiendo mi tiempo
con las guaruras de facebook, messenger o... fanfiction.
Había dejado abandonado ese mundo, al
principio había sido por unos meses, pero al final no me resistí y volví para
dar mi despedida e irme definitivamente. Como era de esperarse, leí y descargué
todo lo que ECboy tenía en su perfil, él había sido mi novio y, aunque me
hubiese traicionado de una de las peores formas que pude considerar, también
fue mi escritor favorito. Él había sido el responsable de mis sonrisas aun
cuando estaba triste y no sabía quién era, era el responsable de mis sonrojos y
las tibias lágrimas que derramaba con cada capítulo suyo, era el mejor escritor
que había leído en toda mi maldita etapa de fanficker, lo había seguido incluso
cuando pensé que no actualizaría jamás y lo seguí haciendo a pesar de herirme.
Lo amé con toda mi alma y aun lo seguía amando, casi hasta doler —como él
siempre describía su amor—. Lo recordaba a cada segundo.
No me di cuenta de que una lágrima se
había desperdigado por mi mejilla hasta que escuché la voz de mi nena. —Mami,
¿tas ben? —su dulce voz llegó como un bálsamo, sentí mi cuerpo agitarse al ver
su lindo rostro. Solté el teléfono que inconscientemente tenía apretado en una
de mis manos y me restregué el ojo para intentar convencerla, era fácil, ella
era muy inocente.
—Sí, nena. Solo
se me metió una brusquilla en el ojo, mira —estiré uno de mis párpados y me
incliné un poco para quedar la altura de mi pequeña nena, que me miraba desde
hacía minutos con una mueca de preocupación plasmada en su carita—. ¿Lo ves? —susurré
entre pequeños sollozos mientras veía con mi otro ojo que ella parecía
encontrar.
— ¿Esa pepa
cocholate que tu tene en el ojito? —sonreí al escuchar su pitillo de voz. Había
dicho su primera palabra hacía unos cuantos años, pero en sus cortos tres
añitos ya decía mucho. Una risa salió de mi pecho dándome cuenta de que se
refería a mi pupila.
— ¡Oh, la viste!
—solté mi párpado al ver una sonrisa orgullosa salir de sus labios. Seguí con
el juego para despistarla—. Será mejor que soples, mi lobita. No quiero esa
brusca en mi ojito —hice un puchero sabiendo que ella terminaría soplando;
últimamente andaba muy entusiasmada con el cuento de los tres cerditos—. Anda
sopla, sopla porque no quiero pasar tu cumple o el mío con un parche en el ojo —ella
rió, pero luego hizo un morrito antes de
soplar. Yo cumplía mis veintiocho hoy,
no estaba entusiasmada porque solo me recordaba una fecha más sin él. Pero ella
si lo estaba porque cumpliría sus cuatro añitos dentro de dos días, el quince
de septiembre.
Hice una mueca
al escuchar mi celular sonando nuevamente, otro mensaje. Era de Jake.
“Voy en camino, siento responderte tarde.
Supongo que estas en el mismo edificio de hace años, ¿en que apartamento te
estás quedando?”
Mis manos
temblaron durante unos segundos, me ponía nerviosa la idea de que alguien más
supiese la existencia de Vanessa, pero tenía que aceptar que no podía
guardármela para mi sola, alguien tenía que saberlo tarde o temprano. “Vale. Piso siete. Te espero”, escribí
lentamente antes de dar a “enviar”.
Media hora
después me encontré con un Jacob totalmente nervioso esperando al otro lado de
mi puerta. No había cambiado mucho, su cabello se veía más oscuro que nunca y
contenía casi los mismos rasgos que lo hacían ver atractivo unos años atrás, de
hecho podría jurar que se veía más voluminoso, enorme.
—Anda, pasa que
no te voy a morder —sus ojos me
observaban de una manera extraña, parecían esperar una respuesta sin haber
formulado la pregunta.
—Yo… siento
haber decidido llegar ahora, pensé que podría saber algo sobre aquello de “Lo siento bebé, pero ya hemos llegado” —hizo comillas en el aire—, obviamente
no iba dirigido a mí, ¿o sí? Quiero conocer a tu nena, Bella.
Jacob
había sido uno de aquellos amigos que había dejado atrás sin más que un “estoy
en Londres”, pero sabía que aun seguía siéndolo, habíamos mantenido contacto
a pesar de la distancia.
Escuché un ruido
en la cocina y rápidamente me alarmé, Vanessa no era de las que hacían mucho
ruido, pero cuando lo hacía era porque algo había pasado. Caminé hacia donde
sabía que se encontraba y pude sentir a Jacob seguirme, este empezó a reírse a
mandíbula batiente apenas vio la imagen que teníamos en frente.
Al parecer
Vanessa había tenido el antojo de un helado con sirope de chocolate, pero como
el sirope estaba en una barra alta en el refrigerador, el helado en el
congelador y ella quería hacerse la intrépida…
Bueno, terminó
en el suelo minutos después, pero no sola porque quedó bañada de pies a cabeza con
el sirope. No lloraba, por suerte, pero si tenía un puchero travieso en su
cara.
— ¿Qué planeabas
hacer, pilla? —le dije mientras limpiaba sus manitas en el fregadero y caminaba
hacia la habitación que habíamos dispuesto para ella unas horas atrás. Esta vez
Jacob no me siguió.
—Yo quelía
helalo, pero caí —le quité sus pantaloncillos y le puse un vestido con
florecillas que a veces usaba para dormir cando vivíamos en Londres.
— ¡Pero pudiste
haberme llamado, nena! Mira la melcocha que te hiciste hace poco, te la
hubieras evitado si me hubieses llamado —le hice un puchero, ella rio porque
minutos atrás casi había logrado bañarme junto a ella.
—Sí, pero yo
quelía hacelo sola —refunfuñó.
—Pero no está de
más un poco de ayuda de vez en cuando, ¿verdad? —ella hizo otro puchero y
arrugó la nariz un poco. Yo la besé y la miré tiernamente—. Te quiero, niña
grande.
Ella rió
bobamente y yo lo hice con ella, pero nuestras risas fueron interrumpidas por unos
gritos provenientes de lo que seguramente era el apartamento de al lado. La
miré para que se quedase quieta mientras yo iba a ver qué pasaba. Era metiche,
tenía que admitirlo, pero no podía evitar preocuparme por los demás.
Cuando pasé por
el salón me encontré con la mirada dubitativa de Jacob, parecía estar pensando
seriamente algo.
—Iré a ver qué
sucede en el apartamento de al lado, me pareció escuchar algo extraño —dije
mientras revisaba los objetos esparcidos sobre la mesita que adornaba el medio
del salón sin saber que era lo que buscaba realmente.
— ¿Estás segura?
Seguramente es uno de esos vecinos que les gusta tener sexo y romper cosas… —tomé
el celular y me dirigí a la puerta antes de que dijese algo mas—. Además, nos
queda una conversación pendiente.
—Eso lo sé, pero
no solo existes tu en este mundo —me detuve unos segundos antes de decir lo
ultimo—. Vanessa está en su habitación, si desea algo dile que fui a conversar
con los vecinos de al lado, que no se preocupe —me miró raro nuevamente—. Solo
porque confío en ti, si no fueses tu me la llevo…
—Vale, vale…
solo ve, pero regresa pronto o te irá fatal —sonrió por primera vez antes de
irse hacia la cocina. Mi corazón dio un brinco al verlo de aquella manera, como
en los viejos tiempos.
Mis pies se
arrastraron lentamente por la suave alfombra del pasillo que separaba ambos
apartamentos, me sentía cansada y parecía que los efectos del jetlag estaban haciendo estragos en mí.
Toqué suavemente
la puerta, pero no hubo respuesta, así que le di más fuerte, con mayor
insistencia. Se escuchó otro ruido, pero esta vez sí hubo respuesta, una que me
puso los pelos de punta y los nervios crispados, la voz que provenía del otro
lado de la puerta se me hacia conocida. De pronto me invadió un escalofrío y el
pánico corrió por mis venas, ¿sería que
el descubriría la verdad hoy?
Quise salir
corriendo, pero mi cuerpo parecía haber tirado raíces. La puerta se abrió
violentamente, pero no vi nada porque todo estaba oscuro dentro del
apartamento.
—Disculpe
señor, ha visto a... —mi voz salió atropellada hasta que Edward salió a la luz
del pasillo—. ¿Edward?
El cerró
los ojos antes de volver a hablar. — ¿Bella? —su voz salió ahogada, casi muda.
Mis ojos lo
recorrieron de arriba hacia abajo buscando algún defecto que dijese que no era él, pero todo daba tan acertadamente
como lo suponía. Era Edward. Se veía demacrado, con unas ojeras violáceas en un
rostro tan pálido que hacía que pareciese todo un vampiro. Estaba envuelto en
una bata de baño, verde como sus ojos; la barba estaba larga, parecía tener
días sin encontrarse con la crema rasuradora y su equipo completo.
Sus ojos
hicieron el mismo recorriendo de los míos, solo que en mi cuerpo. Su escaneo
pareció durar siglos hasta que volvió a hablar.
— ¿En serio eres tú? —su voz salía
ronca ahora, un fuerte halo de alcohol llegó a mi nariz. Había estado bebiendo,
algo que hacía pocas veces, seguramente estaba pasando un mal momento y yo solo
venía a importunar más de lo debido.
— ¡Oh, no sabes cuánto lo siento,
Edward! No fue mi intención, yo estaba toda asustada y… bueno, no supe qué
hacer. Estaba tan preocupada con lo que estaba pasando que me asusté y no supe
que hacer… —negué con la cabeza, el
estar nerviosa solo servía para que dijese cosas incoherentes.
—Tranquila, Bella, una cosa a la vez.
—no supe cuando se acercó, el sentir sus manos rodeando mi rostro hizo que me
sintiese más tranquila, el no parecía haber cambiado nada, pero eso no quería
decir que me perdonara. Porque me tenía odio, ¿no? Sentí algo pesado, inerte,
dentro de mí—. ¿Qué sucede?
—Er… verás, yo… —quise decir, pero los
tirones de la que supuse era Vanessa me sacaron de mi pequeña nebulosa.
Bajé la mirada y me la encontré mirándonos,
como cuando veía algo interesante.
— ¿Qué haces, mami? ¿No venías a diagolar con los vecinos para que
dejaran de…? —escuché a mi bebé mientras sentía una punzada de orgullo y
tristeza al escuchar que decía todas las palabras de su frase con la “r” que ella pocas veces podía vocalizar
sin tanto enredo, esta era una de esas veces.
Edward nos dirigió una mirada
interrogante, se veía sorprendido. Quería explicarle, pero algo en mi interior
me gritaba que no lo hiciese, el no debía saber quién era ella, o al menos de
donde venía. Él simplemente no lo merecía.
Mi nena lo miró y una sonrisa gacha
fue dirigida hacia él, que me miró con unos ojos torturados, preguntándome quien
era ella.
— ¿Cómo se dice? —la voz de mi nena volvió a sonar entre el
silencio que se había formado en aquel lujoso pasillo.
— ¿Mami? —lo escuché susurrar. Mi
corazón pareció detenerse, pero hice como que no escuché nada.
—Se dice “dialogar”, nena —respondí
evitando todo lo proveniente a él—. Más tarde iré al apartamento. ¿Por qué no vas
a preparar tu camita?, te perderás el cuento si no lo haces —le guiñé un ojo y
le di una nalgada para que fuese al apartamento, ella rió coquetamente antes de
salir corriendo. Intente seguirla, pero una mano pétrea sostuvo mi brazo,
evitando que hiciese algún otro movimiento.
—Suéltame, Edward ¡Me haces daño! —gemí
al sentir su agarre apretarse más.
— ¿Y crees que acaso tu no me hiciste
daño también, Isabella Swan? —su fría voz se escuchó amenazante, susurrando en
mi oído de manera mordaz mientras me apretaba contra su cuerpo.
— ¿Y es que acaso tu tampoco lo
hiciste? ¡No eres un santo, Edward! —le rebatí, forcejeando todavía—.
¡Suéltame! —grité.
—No hasta que me digas quién diablos
es esa niña que acaba de irse, Bella —escupió las palabras como si tuviesen
veneno, mi cuerpo se tensó como la cuerda de un arco y empezó a temblar
ligeramente. ¿Por qué justo a mí?
— ¡Te he dicho que me sueltes, Edward!
¿Qué te cuesta tener una conversación civilizada conmigo?
—No hasta que… —su voz se fue
desvaneciendo mientras me apretaba más contra su pecho.
—Suelta a la chica, Cullen. Suelta a
mi novia —la voz al otro lado del pasillo hizo que dejáramos de forcejear. Esto
se estaba saliendo de mis manos, la situación me había tomado por sorpresa.